Monday, October 16, 2006

Temprana teoría del desarrollo (Los pequeños detalles)

Cuando era pequeño, y hasta los doce o trece años, suponía que la distancia entre los países desarrollados y aquellos que no lo eran podía medirse a partir de la belleza y prolijidad que cada paisaje, construcción y espacio público transmitía a los ojos.

Con representaciones infantiles, la teoría sostenía más o menos lo siguiente: Cuando las ciudades se encontraban cuidadas y arregladas, bien pintadas y ordenadas, evidenciaban la presencia de una sociedad destacada. Cuando, al contrario, el espacio público y las construcciones en general se mostraban pintados con leyendas, consignas varias, o simplemente cuando se encontraba suciedad de algún tipo, como papeles en la vía pública, debía pensarse como signo de país pobre.

Poco tiempo después comenzaba un período en mi vida en el que estas ideas se modificaron, y me avergonzaría de haberlas tan solo pensado. Iniciaba el período del secundario en la temprana posdictadura, razón por la que las causas que me movilizaban y guiaban mis pensamientos debían ser, cuanto menos, universales. A esta etapa le siguió la de universitario, siempre limitadora del libre pensamiento.

Así fue que por más de diez años -casi quince, para ser sincero-, la agresión del espacio público fue explicada por mí como parte de un campo simbólico de lucha. De la lucha que nos llevaría a un mejor destino de país. La suciedad y el desorden como medio. Y también como fin, ya que evidenciaba las capacidades de “resistencia” y “movilización” del “pueblo”. (Pueblo es siempre una categoría indisolublemente vinculada a la degradación del espacio público).

En los años posteriores, aquellos que definitivamente marcarían mi salida de la adolescencia, como la aparición del verdadero amor y el sentido de responsabilidad que solo se experimenta cuando se tiene ocasión de ser padre, todo este pobre imaginario dio lugar a la reposición de mi vieja hipótesis acerca del desarrollo.

Con algo más de solvencia teórica y de posibilidades para vincular aquella idea con otras dimensiones de la vida social, la vieja idea seguiría teniendo vigencia. Hoy me resulta obvio. La creación de un espacio público que guste, que agrade a la vista y sea resultado de algunos esfuerzos creativos y de convivencia, es causa y no consecuencia del desarrollo.

El año pasado, estando en Windsor, en las afueras de Londres (sede de una de las Residencias de la Reina) quedé impresionado ante la belleza del lugar y su cuidado, por las alfombras de verde césped que conformaban los Jardines Reales. Ante mi asombro, un amigo me recordó los dichos del Príncipe Carlos ante la pregunta del Rey Juan Carlos de España respecto de la belleza inconmensurable de esos jardines. Carlos le había respondido que no tenía grandes secretos…que tan solo lo regaban, lo cortaban y cuidaban todos los días….desde hacía 500 años.

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