Días atrás, por el canal Volver, vi por segunda vez una película que había visto hace ya mucho tiempo, mucho más de 10 años. La película: “Nazareno Cruz y el lobo”. Su realizador: el genial Leonardo Favio.Debo decir que me emocioné hasta las lágrimas. Una verdadera obra de arte cinematográfico, cargada de fantasía y mensajes que hoy en día podrían sonarnos fuera de ajuste con los parámetros estéticos actuales, pero que, sin dudas, representaron un auténtico modo de vivir y sentir la vida de aquellos tempranos setentas.
Una metáfora de amor inconmensurable en el marco de un país que se estaba desangrando. Más allá de la genial interpretación de Juan José Camero, la belleza de Marina Magali y la presencia enorme de Alfredo Alcón y Lautaro Murúa, esa suerte de realismo mágico cinematográfico, con alto contenido poético, nos permite percibir las vibraciones totales del proceso artístico. La pasión y la ropa de los jóvenes Nazareno y Griselda me recordaron a mis viejos, jóvenes por aquél entonces.
Fue, como dije, altamente emotivo vivir esta experiencia artística. Me puso la piel de gallina sentir al mismísimo diablo pidiendo a un humano que por favor lo conecte con Dios. Rogándole que le diga que no se olvide de él… que ya ha pasado mucho tiempo… y que es tiempo de sentarse a conversar nuevamente. Emocionante.
Me resulta imposible no contrastar las imágenes de la película (cargada de vida aún en el dolor más profundo) con las sensaciones que reproduce la vida cotidiana actual (con imaginarios cargados de muerte, aún cuando el dolor no puede reconocerse como algo cercano). ¿Por qué nos cuesta tanto conmovernos ante la belleza, ante el amor, ante el triunfo, ante la exigencia, ante el desafío, ante la posibilidad de una saludable convivencia, ante la posibilidad de sobreponer la vida a la muerte? Sin dudas aquella metáfora tiene hoy tanta vigencia como ayer.

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