La ciudad de La Plata se encuentra tapada de mugre diariamente generada por miles de ciudadanos a los que pareciera importarles un carajo realizar un pequeño aporte a la convivencia comunitaria.Es inevitable toparse cada metro con cantidades enormes de papeles, basura y desperdicios en cualquier vereda o espacio abierto de la ciudad. Estimo que en el interior de las casas la realidad sea otra, pero en la calle, puede uno encontrar toneladas de papel o plásticos arrojados sin la menor de las consideraciones hacia el otro. Por suerte, en menor cantidad, aparecen “residuos orgánicos” -léase mierda, uno de los principales problemas, por ejemplo, de la Ciudad de Buenos Aires-.
Es cierto que las veces que se colocaron cestos públicos se los robaron o los quemaron en alguna de las tantas marchas que nuestra ciudad sabe alojar, pero convendría preguntarse por las razones profundas que motivan nuestro relacionamiento con lo público. Da toda la impresión de que vivimos la idea de lo público como la de algo que no nos pertenece, algo ajeno, propiedad de algún otro “favorecido” contra el que tenemos que levantarnos en armas, en una literal guerra de papeles.
Esta idea de que lo público es algo ajeno, promueve y remueve los profundos lazos de resentimiento que, como sociedad altamente fragmentada, tenemos como mecanismo de vinculación. Y dificulta la creación y el desarrollo de bienes y servicios que formen parte de un patrimonio común. A esto se lo conoce, en la teoría social, con el nombre de incivilidad. Una invitación a destruir sistemáticamente lo que nos pertenece a todos.
Es importante entender que hechos que a nivel individual no parecieran tener trascendencia, como el simple hecho de abrir la ventanilla de un automóvil para arrojar el envase de alguna golosina consumida, se transforma, ya como agregado, en una experiencia más que alimenta la desidia y el abandono generalizados resultantes de nuestra frustración social. En cualquier caso, es una experiencia opuesta a la vitalidad y creatividad que requieren los procesos de desarrollo.
¿Cuál sería el sentido para realizar el esfuerzo inverso? ¿Por qué deberíamos los platenses privarnos de inundar la ciudad con envases de lo que sea, afiches, boletos de colectivo, botellas, vidrios de botellas, bolsas de residuos en cualquier lugar, papeles y papelitos, cagadas de perros y hasta de personas?
El simple hecho de disponer de un espacio público cuidado debería ser un motor interesante para proponernos mejorarlo. Pero está claro que, al menos hasta la actualidad, esto no alcanza. Aunque sería conveniente evitar el tratamiento de este tema (como de casi todos los problemas relativos a la política) en términos de cuestiones morales.
Podríamos tratar de incorporar algunos sentidos estratégicos que impliquen otros beneficios tangibles para la comunidad toda. Como la idea de fortalecer la dinámica turística de la ciudad -tema que abordaré en otro posteo-. Es probable que, al menos inicialmente, hasta que no se aprecien los frutos, esto tampoco alcance. Y es aquí donde debería avanzarse en el establecimiento de límites de permisividad, a través de sanciones que puedan pretenderse creativas, pero que fundamentalmente deberían ser efectivas en su cumplimiento.
Deberíamos, para ello, poder sobreponernos a la culposidad social que genera imponer el orden ciudadano. Y, por parte de los funcionarios públicos, salirse de ese círculo perverso y vicioso que alimenta las tácticas de aquellos militantes (generalmente rentados) que sostienen que nada mejor que estar peor para estar mejor. ¿Complejo razonamiento, no? Pero lo más temible de esta lógica de pensar el cambio es que es parte de la esencia del clientelismo que regula las relaciones del estado con la sociedad civil en su conjunto.
Como sostuve en un posteo anterior a este, debe entenderse que el cuidado de los pequeños detalles de organización social son causa y no consecuencia del desarrollo.

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