Saturday, September 09, 2006

Una Universidad para el siglo XXI, pero D.C.

La Universidad Nacional de La Plata ostenta el prestigio de ser una de las primeras altas casas de estudios argentinas. Incluso, llamativamente, conserva cierto prestigio académico.
De lo que sin dudas también puede jactarse es de ser una de las universidades más altamente fragmentadas y poseedoras de una estructura edilicia en la que podrían producirse los films de horror más aterradores.
Esta universidad, en la que me formé y a la que amo profundamente es, fundamentalmente, fea. Con la probable excepción de los edificios del Rectorado y la Facultad de Ciencias Agrarias, su patrimonio edilicio es estéticamente invalorable (por el simple hecho de que no tienen valor estético) y disfuncionales respecto de cualquier proceso de producción científica y pedagógica.
Sabiendo que los procesos de decadencia de la calidad educativa en las universidades son de compleja trama y que involucran dimensiones varias, distintas de las estructurales, ¿tiene sentido conservar espacios de altísimo valor inmobiliario y escasa utilidad para los procesos educacionales e investigativos?
Los tiene si pensamos que entre esas paredes descascaradas y húmedas de toda humedad se forjaron mentes brillantes que legaron buena parte del capital intelectual del que nos preciamos como ciudadanos platenses. Lo tiene también si queremos continuar aferrados a los valores y sentidos de una época que pasó y de la que no pretendemos deshacernos porque estamos imposibilitados para encaminarnos en un recorrido de nuevas creaciones.
Por otra parte: ¿es nuestra universidad un espacio que atraiga a los militantes del presente, los creadores de la riqueza por venir? Sin dudas no lo es. Y aunque también esto se encuentre limitado por las pobres aspiraciones generalizadas que abrigan los bienintencionados promotores de “la educación nacional y popular” o de la “universidad de los trabajadores”, la universidad no parece poder insertarse activamente en el estratégico rumbo que el conocimiento impone al mundo de los negocios hoy más que nunca antes.
Las universidades nacionales argentinas son islas, se sabe. Islas que, contrariamente a lo esperado de ellas, reniegan de intrometerse en todo aquello que implique producción de desarrollo. Y la UNLP debe estar entre las mejores rankeadas en este oficio, a excepción de algunas experiencias destacadas que deberían replicarse como verdaderos virus. No se trata de “extensión universitaria” sino de “inmersión universitaria” (a la vida real).
El escaso contacto con la realidad se piensa (con base culposa y retrógrada) como la necesidad de ampliar las bases de acceso irrestricto y de devolver a la comunidad, en términos de servicios asistencialistas, producciones miserables que la sociedad no demanda, privándola, en la misma jugada, de capitalizar las ventajas que una universidad sensata debería generar, cuanto menos, en las comunidades en las que se asientan.
Sé que introducir cambios a esta manera de entender la universidad sería difícil. Sin dudas ambicioso. Pero la realidad muestra que incluso hay países que se han planteado hacer de sus universidades nacionales el motor de su vinculación con el mundo. Australia, Nueva Zelanda y Canadá (entre muchos otros países) representan antecedentes destacados de experiencias exitosas en este sentido.
Soy consciente también de que cualquier cambio propuesto debería superar un sinfín de marchas, tomas de edificios, abrazamientos, cortes de calles, recitales de protesta, escraches, fogones, ferias de artesanías temáticas, volanteadas, pintadas y presentaciones judiciales en defensa de derechos humanos. Sartreadas de cotillón. Un buen punto de partida podría ser, por ejemplo, anunciar los cambios en el mes de mayo, ya que en ese simbólico mes, sin importar lo que pase, habrá estudiantinas (que, por cierto, incluirán a un número nada despreciable de docentes y militantes en contra de la exclusión de Plutón del Sistema Solar).
Volviendo a algo menos movilizador: ¿Qué tal deshacerse de los viejos edificios de la universidad y “canjearlos” por un proyecto edilicio que los integre en un gran complejo universitario, al estilo de las grandes universidades del mundo? ¿No sería éste un desafío importante para renovar una de las preciadas fortalezas platenses? ¿Podría ser esta idea generadora de la vitalidad de la que hoy carece la enorme población de nuestra ciudad relacionada de algún modo con la universidad? Sobran casos en el mundo en los que grandes centros urbanos se han desarrollado con base en una universidad.
El valor de venta de todas las actuales sedes facultativas sin dudas superaría ampliamente los costos de construcción de un complejo integral, por ejemplo, en tierras cercanas a la salida de la autopista. Un lugar privilegiado por el rápido acceso a los aeropuertos de Ezeiza y Jorge Newbery, hecho central para cualquier universidad con pretensiones de vincularse con el mundo (ya sea por ambición de ubicarse en las fronteras del conocimiento, como por atraer estudiantes globales. En realidad ambas consideraciones responden a la misma cosa).
Si bien hay mucho conocimiento respecto de las ventajas de esta disposición espacial de las universidades, incluyendo la profusa teoría de clusters, conviene repasar algunas posibles implicaciones positivas de este potencial emprendimiento:
Sería un espacio más eficiente, por simple cuestión de economía de escala. Los insumos tendrían un destino de uso más preciso generando mayores utilidades. ¿Suena muy económico? Sí, lo es. Para eso están la economía y la administración de recursos.
Podría contarse con un Laboratorio que disponga de todas las nuevas tecnologías de la información. Parece menor, pero aún hoy los alumnos de la mayoría de las facultades entregan sus trabajos en papel. No en homenaje a la Birome, sino por imposibilidad de costear equipamiento e insumos informáticos y conectividad. ¡Conectividad inalámbrica ya para todos los estudiantes y profesores de la universidad! Una laptop para cada uno no parece descabellado, ¿no lo oyeron a Negroponte?
Un Laboratorio integrado para ciencias exactas y biológicas, de última generación, vinculado al de informática sería otra posibilidad. Concentraría la actual diseminación de tubos de ensayo por toda la ciudad al tiempo que permitiría integrar perspectivas provenientes de distintos campos que en la actualidad se encuentran altamente compartimentados. Un biólogo, un químico, un bioquímico o un veterinario tratan con similares objetos de estudio y convendría plantearse modalidades de trabajo interdisciplinarias cuando no transdisciplinarias.
Un Hospital de alta complejidad. La asistencia primaria es de central importancia en un Sistema de Salud; sin ninguna duda las políticas públicas sectoriales deberían poner el mayor esfuerzo en mejorar esos servicios. Pero la atención de cuadros de desnutrición o la difusión de la lactancia materna no requieren de conocimientos de vanguardia. Las investigaciones médicas deberían poder concentrarse en los cambios que las biotecnologías y los diagnósticos por imágenes (entre otros estupendos avances) imponen al saber de las ciencias de la salud.
Otra cosa: ¿Qué sentido tiene que estudiantes de derecho, sociología, psicología o economía estudien a Hegel, Popper, Weber, Kant o a Smith por vías distintas? ¡¿Qué?! ¿Qué los estudiantes de psicología no leen a Adam Smith? Bueno, quizás esta pueda ser una ocasión para que no se lo pierdan. ¿O la psicología del consumidor es materia sólo de los administradores?
Escuela de idiomas: No tan solo para un inglés que debería ser prerrequisito para el ingreso, sino como parte de la experiencia de integración de la vida académica con otras lenguas que se suponen necesarias para el desarrollo de vinculaciones científico-tecnológicas.
La interacción entre carreras, la riqueza de compartir departamentos -sí, dije departamentos y no cátedras- y seminarios en un ambiente que los nuclee, otra gran posibilidad. Desarrollo de verdaderas redes, esas que hoy existen más en los papers que en la vida académica real. Por otra parte, están muy bien los encuentros de los viernes o sábados por la noche en ocasión de un merecido descanso, pero un campus universitario podría hacer prolongar esas relaciones incluso en ocasión de estudio.
Como complemento de lo anterior, la existencia de un Comedor Universitario, que evite gastos y tiempos de traslado innecesarios, sería otro espacio para la interacción. No solo el sentido de un comedor central está en ofrecer platos a bajo costo, aunque ciertamente es importante. Pero aquí también, por un tema de escala, los costos serían los más bajos posibles.
Una Biblioteca Central con acceso a las bases de información más destacadas es también una gran ventaja. Ya sé que leer en papel original una crónica publicada el 26 de agosto de 1923 tiene valor. Pero también es bueno poder imponerse del estado del arte en aquello que pretendemos investigar con solo caminar algunos metros desde el aula.
Podríamos sin dudas continuar enumerando beneficios. Pero creo que estos son motivos más que suficientes para, al menos, intentar conferir nuevos sentidos y pasiones a la desencantada vida universitaria actual.Cierto es que este proyecto no puede pensarse para una universidad de 50.000 alumnos. Aunque en realidad ningún proyecto serio que pretenda reimaginar la universidad puede considerarse razonable mientras anteponga falsos criterios de democratización a una actividad humana que requiere, como eje central para su aporte al desarrollo, la excelencia en términos de calidad educativa y de investigación. Una forma de distinguir entre las expresiones talentosas para la vida universitaria de aquellas que no lo son.

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