Nunca pude explicarme bien por qué razones la ciudad de La Plata me atrapó desde pequeño. Lo cierto es que, ni bien pude, a eso de los 17 años y con la excusa del estudio universitario, me instalé aquí y, pese a varios intentos por trasladar mi vida a otras ciudades (tanto de la Argentina como del exterior), el aroma de los tilos en flor cerrando la primavera resultó siempre más poderoso.Casi desde ese mismo momento inicial, cargado de fantasías e ilusiones adolescentes, comencé también a transitar en la búsqueda de las razones de tal movimiento migratorio. Fenómeno, por cierto, compartido por muchas otras personas que encuentran en esta ciudad razones para permanecer más allá del objetivo inicial por el que arriban.
La ciudad ha cambiado mucho desde entonces, aunque no tanto como yo. Conserva ciertamente su fantasía cosmopolita, aunque pareciera no animarse del todo a incorporar los cambios que conlleva una verdadera puesta en juego de creencias, valores y sentidos en el intercambio cultural.
En cuanto a lo cotidiano, se respira en la ciudad un aire de pesado abandono. Un sistema de tránsito saturado; espacios y calles renovados (y renovables, con periodicidad electoral) con parámetros de una estética al menos disonante con los deseos de rescate del patrimonio histórico y el estilo general de la arquitectura de la ciudad; construcciones de medio pelo que no alcanzan a satisfacer la demanda habitacional (debiéndose pagar caro por edificaciones de pésima calidad); inseguridad creciente, para la que se recomienda, entre otras cosas, no atravesar las plazas caminando -¡las plazas, justamente el espacio público que más identifica a nuestra ciudad!-; villas miseria y basurales en cualquier espacio disponible, como expresiones de abandono e impotencia que transforman la calidad de vida de todos en un estropicio de urbanidad.
Sus actividades centrales siguen atadas a un sector público crecientemente autorreferencial y a una universidad que hace agua por donde se la mire. Por lo demás, un sector comercial ligado a la provisión de bienes básicos que perece y revive cíclicamente en función de avatares estrictamente cambiarios. Nada de sentidos estratégicos.
Sí, tengo la certeza de que los platenses no conseguimos desplegar el potencial, en términos de la vitalidad necesaria que nos permita dar forma a un espacio en el que podamos expresar todas nuestras capacidades creativas.
Sobresale un imaginario altamente aferrado al romanticismo de la militancia, con códigos y prácticas de una época pasada que logra filtrarse hasta hoy mucho más absurdamente que como parodia. Sostenida por una filosofía de la proscripción del presente -y con ello del futuro-, este pasado tiene el camino allanado por la afasia impotente de un submundo intelectual culposo que legitima la veneración de valores claramente retrógrados, aquellos que ofrecen una visión de la vida cargada de nostalgia y melancolía respecto del pasado.
Es cierto que esta mirada tanguera no es patrimonio exclusivo de la platensidad, que es parte de un sentir nacional. Pero en La Plata se manifiestan potenciados, y con el mayor despliegue simbólico que haya visto jamás.
Los platenses tenemos para cada problema una marcha. Para cada potencial situación desafiante que implique tomar decisiones (reales, de tangible materialidad, incluyendo a sus inherentes riesgos), desplegamos el mayor arsenal simbólico del que solo son capaces aquellos que no se animan en la tarea del hacer.
Si bien aquí algunos hechos de la historia no tan reciente se expresaron con el más crudo dramatismo, no justifica el deterioro tan evidente en las capacidades de comprensión de la vida social, del entendimiento de la complejidad y la crudeza de sus juegos esenciales. Mucho menos se justifica inyectar (a quienes van incorporándose a la tarea de producir la ciudad), las miserias y las limitaciones de una ideología del fracaso, que ha sido, es y será incapaz de reconocer las esenciales variables de los procesos de cambio. Una estética de la marcha que apuesta a girar, solo para volver al mismo lugar. Presencia de un pasado del que no deberíamos enorgullecernos, y que, como tal, jaquea las posibilidades de andar por el presente. Presente que requiere, para su aprehensión, nuevas capacidades, innovadoras modalidades de relacionamiento y, sobre todo, velocidad. Nos ata una moral conservadora que busca refugio en el alambre. Y el alambre es el opuesto del cable; de la conexión, claro.
¿No puede entenderse que enfrentar los problemas con símbolos tan solo habilita a permanecer inmutables ante la realidad? Antes que dedicarnos a la tarea de producción de rituales y ceremonias bien podríamos decidirnos a moldear las formas de respuesta que permitan alcanzar lo deseado; a desarrollar hazañas creativas que nos ubiquen afirmativamente en un entorno social complejo pero cargado de oportunidades.
Debemos comprender que detrás de esa moral que supone la preocupación por las buenas causas, se inhabilitan las capacidades del pensamiento y de la acción, única vía para amasar una realidad superadora de ese pasado limitativo que nos angustia por hacerlo también nuestro presente. El único camino es el de los esfuerzos personales y comunitarios, que por otra parte requiere cualquier proceso productivo.
Podríamos pasar largo rato teorizando y buscando culpables de las dramáticas escenas de nuestra vida cotidiana. Pero justamente se trata de lo opuesto. De poder concentrarnos en fijar horizontes de acción. En poner en marcha un motor que se encuentra plantado, paradójicamente por funcionar más en punto muerto que en las velocidades de avance.
¿Qué es lo que deberíamos hacer, entonces? En principio, realizar el intento por abandonar la ilusión de que con las buenas intenciones y las gestas simbólicas alcanza para estar mejor. Asumir las complejidades del mundo y de las relaciones sociales podría ser un excelente punto de partida. Complejidades que por otra parte deberían ser abordadas desde criterios de simplicidad. Sí: nada mejor que la simplicidad creativa para dar cuenta de objetivos alcanzables en el contexto de cambios y oportunidades que el mundo nos ofrece.
Hay dos cuestiones que deben (debemos) consolidar en este punto de partida para la inmersión en procesos de crecimiento. El primero de ellos, se trata de clarificar los puntos centrales de nuestra identidad ciudadana, esto es, quiénes en realidad somos. El segundo de ellos, se orienta por la definición de qué queremos ser en realidad, esto es, cómo nos gustaría ser considerados, lo que obliga al trazado de ejes de acción orientados por ello. ¿Tecnologías del management? Sí, claro. Las mismas que se han utilizado y se utilizan en el diseño y ejecución de las políticas públicas de desarrollo por parte de ciudades que hoy se destacan en el mundo. Perth, Melbourne, Brisbane, Adelaida en Australia, Vancouver y Toronto en Canadá, Boston, Fremont, Palo Alto, Oxford, Barcelona, Viena y Bruselas en otras partes del mundo. La lista podría ser tan larga como reveladora de la simplicidad de la que hablaba.
Identidad es el talento –mejor: talentos, pues los talentos son, en primer lugar, personales- puesto en conjunción con aquellos valores que guiarán nuestra acción. Valores en un sentido opuesto a la idea de tradicionalismos que deben respetarse a rajatabla en pos de la consecución de un orden ficticio. Valores prácticos, plásticos, que permitan acompañar la marcha de los procesos fenomenales del cambio global. Valores que habiliten a los talentos motorizar los procesos de innovación; transformar la realidad a partir de lo que somos.
El segundo paso debería consistir en utilizar dichos talentos en la definición de lo que pretendemos ser. Esto es, sencillamente, definir qué queremos que nuestra ciudad sea. Básicamente se trata, aquí también al igual que en el camino que sigue, de poner en funcionamiento las capacidades de creación.
Pero para ello se requiere tenerlos, o mejor, retenerlos. Nuestra ciudad, con un potencial de talentos destacado, no lo está logrando. Si tanto nos preocupa la “fuga de cerebros” a nivel país: ¿No podríamos pensar sensatamente que el mismo fenómeno acontece puertas adentro de nuestra ciudad? Basta con transitar la autopista diariamente para ver cómo buena parte de ellos buscan (buscamos) en Buenos Aires las oportunidades que la ciudad de La Plata parece negarnos.
En posteriores entregas propondré algunas ideas que creo perfectamente realizables por nuestra parte. Ideas ambiciosas pero con horizontes razonables de concreción. Y, por sobre todo, ideas que habiliten animarnos en la tarea de despertar deseos y desplegar energías creadoras en nuestra comunidad. La primera de esta lista, bien podría estar contenida en el artículo relacionado con la universidad, ya publicado en este blog, sobre la base de reimaginar la universidad, de cara al siglo XXI, pero D.C.

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