Días atrás volví a tomar contacto con un atlas del siglo XIX que alguna vez apareció en casa de mis padres, como parte de la herencia de un tío. Recuerdo que de niño pasaba horas estudiando esas imágenes.El reencuentro con este librote de gruesas tapas de cuero me impresionó, sobre todo, por no poder encontrar referencias limítrofes que aún conserven validez fronteriza. Países que no existen más y tantos otros surgidos en las últimas décadas. De hecho muchos ya no existían en la época en que lo leía, pero era pequeño y la imaginación me llevaba a pensar otras cosas acerca de tales cambios.
¿Cómo serán los mapas del futuro? Digamos, en 20, 30 o 100 años. En virtud de la alta fragmentación cultural, dada en simultáneo con procesos de acelerada integración de las mismas, y de las dinámicas del los procesos de desarrollo de países y regiones, solo tengo la certeza de que los atlas actuales nos acercan el retrato de un mundo que no tardará en cambiar.
Incluso en América Latina, región retrasada en cuestiones de desarrollo, y en la que existen aspiraciones imaginarias de integración total, me parece que estas cuestiones tenderán más por el camino inverso. Imagino mapas que seguirán una organización cuadricular, pixelada.
Quiero decir que, en el proceso de globalización al que asistimos (y del que tanto se habla hace largo rato), primarán las definiciones limítrofes que surjan de reorganizaciones culturales, antes que a la conformación de grandes bloques. Estos bloques, operativamente, continuarán teniendo vigencia como factores de creación de comercio, esto es, como un conjunto muy acotado de variables que regirán las transacciones de bienes y servicios, pero no incidirán en la construcción de nuevas fronteras.

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