
La idea de la diagonalidad supone el establecimiento de la más corta distancia entre dos puntos. Requisito indispensable de la modernidad, y excluyente de la posmodernidad.
La diagonalidad, puede también entenderse como la búsqueda de procedimientos simplificatorios por sobre la tentación de lo complejo. Aquellos que, amparados en temores o veleidades intelectuales –en realidad, ambos conceptos soportan fuertes lazos de unión- tienden, por lo general, a configurar espacios para la acción destacadamente despilfarratorios, aún en aquellas situaciones que no muestran minimamente ocasión para ser dadas vuelta en búsqueda de sentidos ocultos.
La diagonalidad es una forma de vivir la vida tendiendo a avanzar, a evitar el imperio de las dilaciones. Cuando no se evidencian mecanismos evasivos o escapatorios, la diagonalidad es una demostración de solvencia vital. “Hacer la diagonal”, se reclama en el fútbol a aquellos con capacidad de llegar a las instancias de definición.
La diagonalidad contiene también la capacidad de iluminar para adelante, ofreciéndonos la posibilidad de pensar, desde diferentes puntos de partida, aquellos que serán de llegada. Aunque a veces ocurre que los puntos de partida y de llegada trazan recorridos coincidentes para muchos navegantes, aconteciendo así el colapso y la saturación del camino resultante de la unión de ambos puntos. ¿Debe pensarse que este problema de sobrecarga es una razón que invalida, o al menos pone límites al principio de la diagonalidad? Creo que no. Simplemente es una muestra de su sentido estrictamente metodológico; del hecho de que la diagonalidad debe ser un medio para la cursación de búsquedas creativas.
La diagonalidad tiene que ver con la diversidad, con la saludable convivencia de impresiones y representaciones de las cosas desde orígenes variados. Y con modalidades creativas también distintas, así como de expectativas de arribo a diferentes puertos.

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